Ida y vuelta N.3

EDITORIAL

La migración venezolana sigue siendo el proceso social que más llama la atención a los actores políticos reaccionarios del continente. No así otros procesos mucho más dramáticos, como el de las caravanas migrantes hacia los Estados Unidos, los más de 20 desplazamiento de personas en Colombia durante 2021 a causa de su guerra interna, la disposición de República Dominicana de construir un muro para bloquear la migración de población haitiana, ni el gran peligro para los migrantes de diferentes latitudes que arriesgan sus vidas en el Tapón del Darién (Panamá).
El argumento de la crisis humanitaria y el empleo generalizado de la calificación de “refugiados” forman parte del discurso con el cual se trata de convencer a la opinión pública internacional de que en Venezuela se producen violaciones masivas a los derechos humanos. El episodio más reciente de esta narrativa lo constituyen los hechos registrados en el estado Apure a finales de marzo y principios de abril, en donde el Estado venezolano aparece nuevamente como un agresor, a pesar del derecho y la legitimidad que le asiste en cuanto al control del territorio nacional y a la protección de su población a causa de la guerra interna que vive Colombia.
Mientras los gobiernos de los países de la región tratan de presentarse como los salvadores de la población venezolana que busca un mejor futuro en libertad y progreso, el fantasma de la xenofobia contra personas venezolanas recorre América Latina, y muy especialmente los países de la región andina. Un caso paradigmático es el Perú, en donde los abanderados del odio hacia nuestros compatriotas son miembros de la clase política, más aun en tiempos de campaña electoral.
La diferencia más importante que se puede percibir sobre la migración venezolana en el plano político es el lineamiento promovido desde Washington, a partir de la toma de posesión del presidente Joe Biden. En este sentido, hemos podido atestiguar un discreto pero muy relevante cambio de postura, el cual sugiere la adopción de una nueva estrategia cuyos detalles aún no han sido completamente revelados. La dinámica a partir de entonces parece estar marcada por el ofrecimiento de facilidades a la migración venezolana en los países del continente, claramente ejemplificado por los estatutos de protección temporal de Colombia y de los Estados Unidos, así como la aceptación de pasaportes vencidos en países como República Dominicana o el mismísimo Brasil de Bolsonaro, que al menos puede coincidir con Biden al menos en lo relativo a Venezuela.
Mientras tanto, las medidas coercitivas unilaterales siguen vigentes, con lo cual se trata de estrangular a la población venezolana no migrante. Así que el mensaje está claro. Miel para los venezolanos que se van, mientras que para quienes deciden quedarse se reserva la hiel. Queda por ver si esta estrategia es sostenible en el mediano plazo, pues ello supondría movilizar unos recursos para la migración venezolana que hasta el momento no parecen haber llegado a sus supuestos beneficiarios.

 

 

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